EL PRADO

 

Refugio de esencia bonaerense,

cobijo de bohemios y profetas,

expone una y mil de sus facetas

esta fértil llanura acevedense.

Son los tilos y los sauces los testigos

del anhelo de encuentros postergados;

consuelo de viajeros repatriados

que amalgama el calor de los amigos.

Acevedo, al decir de Filiberto:

el mejor lugar del Mundo, se engalana

bendito por la Santa castellana.

Lo que hace siglo y medio fue desierto

es un gran crisol hoy, que nos hermana

por ser fecunda la tierra pampeana.

 

ESTAMPAS

En la Pampa Ondulada recostado

a metros del arroyo perezoso

se destaca un fantástico poblado

parido por un suelo generoso.

Al futuro se proyectó en febrero

y así lo exhibe su amplia avenida;

al caminante se le ofrece entero

como un pleno regalo de la vida.

Conforta la frescura de la sombra

de esta joya que tiene Pergamino;

los trigales tornados en alfombras

y hierbas atreviéndose al camino.

La costumbre de antaño está latente

al costado de gratas arboledas:

los muchachos y su rito irreverente,

transitando por calles y veredas.

El progreso se muestra en la silueta

de las antenas y las plantas de silos,

mil colores decoran mil macetas

embargadas con perfume de tilos.

El pinar de la plaza se estremece

cuando llega la ventisca otoñal

pero agosto asoma rápido y parece

que se inunda de verde el saucedal.

Hace un siglo y cuarto que la Historia

bautizó a Acevedo con gran suerte,

dotándolo de vida y de memoria.

¡Un lugar para vivir… hasta la muerte!

 

       

Pablo de la Cruz GARCÍA - 2008

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